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claro?
Ayer todavía no lo había conseguido repliqué con tono suave.
Con ello, según pensé, bordeaba la mentira sin apartarme de la verdad,
pues Poirot no había sacado nada en limpio de todo aquello, hasta que
le conté lo de la señorita Johnson. Tenía el propósito de hacerle una insi-
nuación al doctor Leidner y ver cómo reaccionaba. Era una consecuencia
de la satisfacción que sentí el día anterior, ante la escena que presencié
entre él y la señorita Johnson, en la que advertí el afecto y la confianza
que tenía en ella. Por ello se me había olvidado todo lo referente a las
cartas.
Entonces me pareció una cosa ruin sacar a relucir la cuestión. Aun en el su-
puesto de que ella las hubiera escrito, la pobre había sentido ya bastante
arrepentimiento después de la muerte de la señora Leidner. No obstante,
quería comprobar si aquella posibilidad había pasado alguna vez por el
pensamiento del doctor Leidner.
Por lo general, los anónimos son obra de mujer dije, esperando ver
cómo lo tomaba él.
Puede ser contestó, dando un suspiro . Pero parece que se olvida,
enfermera, de que éstos pueden ser verdaderos. De que pueden haber sido
escritos por el propio Frederick Bosner.
No; no lo olvido repliqué . Pero, de todas formas, no puedo creer que
esa sea la verdadera explicación del asunto.
Pues yo sí repuso él . Opino que es una tontería pensar que uno de
los componentes de mi expedición sea Frederick. No es más que una in-
geniosa teoría de monsieur Poirot. Yo creo que la verdad es mucho más
sencilla. Ese hombre es un loco, no cabe duda. Estuvo rondando la casa, tal
vez disfrazado de alguna forma. Y logró entrar aquella tarde. Los criados
pueden mentir... quizá fueron sobornados.
Es posible... dije, con acento dubitativo.
El doctor Leidner siguió hablando. Su voz demostraba un ligero enfado.
No puedo oponerme a que monsieur Poirot sospeche de los miembros de
mi propia expedición. Pero estoy completamente seguro de que ninguno
de ellos tiene nada que ver con esto. He tratado con todos, y los conozco.
Se detuvo de repente y luego añadió:
¿Cree usted, enfermera, que los anónimos suelen escribirlos las mujeres?
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LibrosEnRed
Agatha Christie
No siempre respondí . Pero hay una clase de despecho femenino que
encuentra satisfacción de esa forma.
Supongo que está pensando en la señora Mercado.
Luego sacudió la cabeza.
Pero aunque fuera tan ruin como para hacerle una cosa así a Louise, difí-
cilmente pudo estar enterada de todo dijo.
Me acordé de los anónimos de fecha más atrasada, que la señora Leidner
guardaba en la cartera de mano. Pudo quedar abierta, en alguna ocasión,
y en el caso de que la señora Mercado, encontrándose sola en la casa, le
hubiera dado por fisgonear, era posible que los hubiera leído. Los hombres,
al parecer, no piensan en las posibilidades más sencillas.
Y aparte de ella sólo está la señorita Johnson observé, mirándole fija-
mente.
¡Eso sería ridículo!
La sonrisita con que acompañó sus palabras fue conclusiva. Nunca había pa-
sado por su imaginación la idea de que la señorita Johnson fuera la autora
de los anónimos.
Estuve indecisa durante unos instantes, y al final opté por callarme. No está
bien denunciar a una del propio sexo y, además yo había sido testigo de
su verdadero y conmovedor arrepentimiento. Lo hecho no tenía remedio.
¿Por qué ocasionar una nueva desilusión al doctor Leidner, después de lo
que había pasado?
Se convino en que yo me marcharía al día siguiente. Previamente había
quedado de acuerdo con el doctor Reilly en que me mandaría un par de
días con la matrona del hospital, mientras arreglaba mi vuelta a Inglaterra,
bien por Bagdad, o bien directamente por Nissibin, en coche y luego con
tren. El doctor Leidner llevó su amabilidad al extremo de decirme que le
gustaría que escogiera alguna cosilla de las que pertenecieron a su esposa,
y me la llevara como recuerdo.
¡Oh, no!, doctor Leidner atajé ; no puedo hacerlo. Es usted demasia-
do amable.
Insistió.
Pues me gustaría que se llevara algo. Estoy seguro de que a Louise tam-
bién le hubiera gustado.
Luego sugirió que me quedara con el juego de tocador.
¡No,doctor Leidner! Es un juego de mucho precio. No puedo; de veras.
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LibrosEnRed
Asesinato en Mesopotamia
Ella no tiene hermanas...nadie que necesite esas cosas. Nadie que pueda
quedárselas.
Me imaginé que no quería ver aquel juego en las manitas codiciosas de la
señora Mercado. Y estaba segura de que no estaba dispuesto a ofrecérselo
a la señorita Johnson.
El doctor Leidner prosiguió amablemente:
Piénselo bien. Y, a propósito, aquí tiene la llave del joyero de Louise. Tal
vez encuentre allí alguna cosa que le guste. Y le quedaré muy agradecido si
quiere empaquetar... sus ropas. Reilly encontrará aplicación para ellas entre
las familias cristianas pobres de Hassanieh.
Me alegré de poder hacer aquello,y así se lo expuse. Sin perder un momen-
to comencé a trabajar.
La señora Leidner tenía un guardarropa muy sencillo y pronto lo tuve cla-
sificado y colocado en un par de maletas. Todos sus papeles estaban en la
cartera de mano. El joyero contenía unas pocas chucherías; un anillo con
una perla, un broche de diamantes, un pequeño collar de perlas, un par de
broches lisos de oro, en forma de barra, de los que cierran con un imperdi-
ble, y un collar de grandes cuentas ambarinas.
No iba a quedarme con las perlas o los diamantes, como parece lógico, pero
titubeé un poco entre el collar de ámbar y un juego de tocador. Sin embar-
go, al final me pregunté por qué no debía quedarme con este último. Fue
una idea muy amable por parte del señor Leidner y estaba segura de que
en ella no había intención alguna de humillarme. Lo tomé, pues, confiando
en que me lo habían ofrecido sin orgullo de ninguna clase. Y, al fin y al ca-
bo, yo había sentido afecto hacia la señora Leidner.
Terminé todo lo que tenía que hacer. Las maletas estaban dispuestas; el jo-
yero cerrado de nuevo y puesto aparte para devolvérselo al doctor Leidner,
junto con la fotografía del padre de su mujer y unos pocos cachivaches de
uso personal. Ahora que la había vaciado de todos sus ornamentos, la habi-
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