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haba preparado en persona. Que tuviera su asquerosa diversión, si eso era lo que significaba
para l un asesinato impuesto por el estado. Y que luego se marchara a Briar Ridge, donde
tendra su propio despacho y un ventilador para refrescarse. Y si su to perda su cargo en las
próximas elecciones y Percy deba descubrir qu significaba trabajar en el mundo exterior,
donde no todos los tipos malos son encerrados detrs de los barrotes de una celda y donde de
vez en cuando hay que agachar la cabeza, tanto mejor.
-De acuerdo -dije al tiempo que me pona de pie-. Lo dejar a cargo de la ejecución de
Delacroix y mientras tanto intentar mantener la paz.
-Bien -respondió Hal, y tambin se incorporó-. A propósito, cómo va tu problema?
-aadió sealando mi entrepierna con delicadeza.
-Un poco mejor.
-Me alegro. -Me acompaó hasta la puerta-. Y qu me dices de Coffey? Crees que nos
dar problemas?
-No lo creo respond-. Hasta el momento ha permanecido ms quieto que un gallo
muerto. Es raro, tiene unos ojos extraos, pero parece tranquilo. No se preocupe por l.
-Naturalmente, estars al corriente de lo que hizo.
-Por supuesto.
Ya estbamos en la oficina contigua, donde la vieja Miss Hannah aporreaba la mquina de
escrrbir, como vena haciendo desde el final de la era glacial. Me alegr de irme. Despus de
todo, la haba sacado barata. Y era agradable saber que tena posibilidades de sobrevivir a
Percy.
-Dle recuerdos a Melinda dije-. Y no se coma el coco. Es muy probable que no tenga
nada mas que migraas.
Ojal -dijo y sus labios esbozaron una sonrisa que me diriga una mirada temerosa. La
combinación de las dos expresiones resultaba truculenta.
Regres al bloque E a comenzar una nueva jornada. Haba que leer y escribir papeles,
limpiar suelos, servir comidas, preparar las actividades para la semana siguiente... organizar
centenares de cosas. Pero sobre todo haba que esperar. En las prisiones sa es la actividad
fundamental. Esperar a que Eduard Delacroix recorriera el pasillo de la muerte, esperar la
llegada de William Wharton con su mueca de odio y su tatuaje de Billy el Nio y,
especialmente, esperar a que Percy Wetmore desapareciera de mi vida.
7
El ratón de Delacroix era uno de los grandes misterios de la vida. Antes de aquel verano,
nunca haba visto ninguno en el bloque E y jams volv a ver uno despus de aquel otoo,
cuando Delacroix abandonó el mundo en una clida y tormentosa noche de octubre. Lo hizo
de una forma tan indescriptible que casi no me atrevo a recordar la escena. Delacroix afirmaba
que haba amaestrado a su ratón -que comenzó su vida entre nosotros como WiIIie, el del
barco de vapor - pero yo creo que era al revs. Dean Stanton y Bruto estaban de acuerdo
conmigo. Ambos se encontraban all la noche en que apareció ei ratón y, como deca Bruto:
Ese bicho ya estaba medio domesticado y era mucho ms listo que el francs que se crea su
dueo.
Dean y yo nos hallbamos en mi despacho revisando el archivo dl ao anterior y
preparndonos para escribir cartas de seguimiento a los testigos de cinco ejecuciones y luego
cartas de seguimiento a las cartas de seguimiento, hasta sumar un total de veintinueve. Lo que
queramos saber, fundamentalmente, era si estaban satisfechos con el servicio. S que suena
morboso, pero era un punto importante. En su calidad de contribuyentes, eran nuestros
clientes, al margen de las caractersticas peculiares del servicio. Un hombre o una mujer que
acuden a una ejecución a medianoche tienen que tener una razón importante para estar all,
una necesidad especial, y para que la ejecución sirva de algo esa necesidad debe ser satisfecha.
Haban vivido una pesadilla, y el objeto de la ejecución era demostrarles que la pesadilla haba
terminado. Quiz diese resultado; al menos en ciertos casos.
-Eh! -gritó Bruto desde el otro lado de la puerta, sentado tras el escritorio de guardia-. Eh,
vosotros! Venid aqu!
Dean y yo nos miramos con idntica expresión de alarma, pensando que tal vez les hubiera
ocurrido algo al indio de Oklahoma (se llamaba Arlen Bitterbuck, pero nosotros lo
llambamos el Cacique, y Harry Terwilliger Jefe Queso de Cabra, porque aseguraba que ola a
algo semejante) o al tipo que llambamos el Presidente. Pero de repente Bruto se echó a rer y
los dos corrimos a ver qu pasaba. Rerse en el bloque E era casi tan irreverente como rer en
misa.
El viejo Tuu-Tuu, el preso de confianza que en aquel entonces llevaba el carrito de la
comida, haba pasado con su surtido de delicias y Bruto haba acumulado provisiones para la
noche: tres bocadillos, dos gaseosas y un par de empanadillas.
Tambin haba una ensalada de patatas, indudablemente robada de la cocina de la prisión, a la
que se supona que Tuu no tena acceso. El registro del da estaba abierto sobre la mesa y era
un milagro que Bruto todava no lo hubiese manchado. Claro que acababa de empezar a
comer.
-Qu? -preguntó Dean-. Qu pasa?
-Parece que este ao el estado no repara en gastos y ha contratado a un nuevo carcelero
-dijo Bruto sin dejar de rer-. Mirad eso.
Sealó el ratón. Yo tambin re, y Dean me imitó. Era inevitable, porque aquel ratón tena
exactamente ci mismo aspecto de un guardia que hace su ronda cada quince minutos: un
diminuto guardia peludo que se aseguraba de que nadie intentara escapar o suicidarse. Corra
por el pasillo de la muerte en dirección a nosotros, se detena por un instante y volva la
cabeza a uno y otro lado como si controlase las celdas. Luego avanzaba otro trecho y repeta la
operación. Los ronquidos de los presos, que dorman profundamente a pesar de nuestras
carcajadas, hacan que la situación pareciera an ms cómica.
Era un ratoncillo marrón perfectamente vulgar, excepto por su forma de vigilar las celdas.
Incluso se escabulló dentro de un par de ellas con una habilidad que seguramente envidiaran
los condenados pasados y presentes. Claro que a los presidiarios les interesara salir, en lugar
de entrar.
El ratón no entró en ninguna de las dos celdas ocupadas, sólo en las vacas, y por fin llegó
muy cerca de nosotros. Yo esperaba que se volviera, pero no lo hizo. No pareca tememos en
absoluto.
-No es normal que un ratón se acerque a la gente de ese modo -observó Dean con cierto
nerviosismo-. Quiz tenga la rabia.
-Vaya! -exclamó Bruto masticando un bocadillo de carne enlatada-. El gran experto en
ratones. El Maestro de los Ratones. Acaso ves que le salga espuma de la boca?
-Ni siquiera le veo la boca -respondió Dean, y volvimos a reir.
Yo tampoco poda verle la boca, pero s las pequeas cuentas oscuras de los ojos, que no
parecan enajenados ni rabiosos. De hecho, el ratón tena una mirada curiosa e inteligente. He
acompaado a la muerte a hombres que, a pesar de su alma supuestamente inmortal, eran ms
tontos que aquel ratón.
El ratón avanzó por el pasillo y se detuvo a menos de un metro de distancia del escritorio
de guardia, que no era un mueble bonito, como quiz imaginis, sino una mesa similar a las
que usaban los profesores del instituto local. Al llegar a aquel punto se sentó con la cola
enroscada entre las patas, tan elegante como una anciana que se acomoda la falda.
De repente dej de rer y sent que un fro extrao me calaba los huesos. Me gustara decir
que no s por qu tuve esa sensación -a nadie le gusta explicar algo que hace que se sienta o
parezca ridculo-, pero lo s, y si estoy dispuesto a contar la verdad sobre el resto de los
acontecimientos supongo que tambin puedo confesar esto. Por un instante imagin que era
ese ratón, no un guardia sino un vulgar convicto del pasillo de la muerte, convicto y
condenado pero aun as capaz de mirar con valenta el escritorio que pareca estar a kilómetros
de distancia (como sin duda veremos el trono de Dios en el momento del juicio final) y a los
gigantes de voces graves y uniforme azul sentados al otro lado. Gigantes que disparaban a los
de su especie con pistolas, les pegaban escobazos o les tendan trampas para romperles el
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